Por: Isela Rodríguez
EL ANCIANO RESPIRA DESPACIO. Sentado en
un viejo sillón, frente a una pequeña mesa de madera, el hombre busca entre
cajones y carpetas. Lo observo. Mientras busca, su ahora frágil mano tiembla. Esas
manos y piel avejentada, cabello corto y bigote con distintas tonalidades de
gris y blanco. Marcas de la edad y la experiencia que le ha dado la vida. Pero
hay algo que al verlo me incomoda.
Detrás de él, en una
manta casi del tamaño de la pared. La imagen del Señor de la misericordia de
Amula, santo patrono de San Gabriel, y de la que el hombre sin duda es devoto.
Está pintada. Debajo, la firma caligráfica del autor. El mismo hombre que se
encuentra frente a mí.
Miro hacia la
izquierda y ese sentimiento de incomodidad resurge. Un tanque verde cilíndrico
está colocado al lado del sillón. De él, sobresale un largo tubo transparente
de color azul. En el extremo, es separado debajo de sus orejas y reunido en sus
fosas nasales. La cánula le proporciona el oxígeno que sus pulmones no pueden procesar.
Consecuencia de años y años del consumo de cigarro. Causante del enfisema
pulmonar, que ahora lo mantiene en un largo proceso enfermedad.
Recuerdo muy bien
aquellos tiempos de mi niñez, en los que le veía fumar sentado frente al
escritorio de su oficina, que fungiera por algún tiempo también como su hogar.
Rodeado de grandes cerros de papeles,
fotografías y todo tipo de antigüedades que muy a su estilo coleccionaba. Cuyo
color, son la evidencia del tiempo y su historia misma. El lugar podría no
haber sido el más ordenado, pero sin duda, el hombre sabía el sitio exacto en
el que se encontraba cada cosa cuando le necesitaba.
Una taza de café
terminada, (adicción de todo escritor), se posaba siempre sobre su escritorio.
De lado, un cenicero con unas cuantas colillas de cigarro Marlboro rojos.
Cada noche, al
finalizar los partidos de voleibol que jugaban jóvenes y adultos en la cancha
trasera, que conecta el DIF municipal y la Casa de la cultura. Mi madre, que practicaba ese deporte y a
quien el anciano llamaba changa, junto
con otros jugadores de apodos extravagantes como quique, chava, el bíper, y pipo. Se reunían en su oficina a fumarse
un cigarrillo.
Mientras lo hacían, el
anciano les contaba los avances de sus trabajos. El relato de alguna de sus
tantas fotografías tomada por él mismo años atrás. Pues durante un largo tiempo
había sido el único fotógrafo del pueblo de todo acontecimiento social,
político e histórico. Además, hombre aficionado a la actuación. Que rindió
frutos al obtener la mejor representación en el papel de Jesucristo en el
viacrucis viviente en 1978 y 1981.
Emocionado mostraba el
progreso de una pintura al óleo casi terminada. Muestra de un pintor
autodidacta que refleja la historia del pueblo, al que él llamaba “San Gabriel, mi querida pequeña ciudad”. Al fondo, la imagen del volcán de nieve de Colima.
En el frente la protagonista de la pintura. La primer ermita construida en un
potrero, delante de aquel árbol de mezquite del cual, dice la historia, el Señor de la misericordia
de Amula no quiso irse y a partir de entonces se fundó San Gabriel.
Exigente en todos sus
trabajos les ponía dedicación. Pero había sin duda una afición e interés en la traducción
de algún antiguo escrito y su minuciosa restauración en photoshop, que
utilizaría para la corrección y aumento de su libro “APUNTES PARA UN ENSAYO
HISTÓRICO SOBRE LA ANTIGUA CIUDAD DE SAN GABRIEL, JALISCO. Publicado en 1976 de
forma incompleta, con motivo del IV Centenario de la Fundación de San Gabriel,
al que desde 1968 llevaba dedicándole gran parte de su tiempo.
Toda demostración de
su trabajo, sería bien recibida por quien le visitara. Así fuera algún extranjero,
colega o los mismos curiosos jugadores. A los que no dudaría entre bromas y muy
a su estilo de humor; después de haber fumado el habitual cigarro, correrlos de
su oficina con el pretexto de ser ya pasadas las 10 de la noche y tener que
dormir. Eso, si bien les iba, pues otra de sus costumbres, apagar las luces de
la cancha, golpear la puerta con su bastón y gritar, “¡ya es hora changos!”.
Como muestra de su
admiración y afecto, los jugadores, le obsequian el trofeo de su primer torneo ganado.
Mismo que el recibe con gusto.
El hombre parece
haber encontrado lo que buscaba, le entrega a mi madre una hoja que contiene
una cansada escritura caligráfica. Por su parte, ella le entrega una bolsa llena
de fruta.
A pesar de su voz
agitada con brillo en los ojos y gran emoción, le cuenta a mi madre la espera
del último dato desde la Notaría parroquial de Colima, para al fin poder
culminar su libro.
Se coloca sus gafas.
Mi mamá comienza a explicarle lo que necesita. Pues se encuentra en la
realización de una investigación para su trabajo. Mastica lento y comienza con
el relato. Por un momento, creí que aquel papel con anotaciones se trataba de
los datos específicos que le daría. Pero me equivocaba. Todo aquello, cada
nombre, detalle y fecha, no era más que producto de su buena memoria.
Entre la
conversación, cada cierto tiempo se entrometía con un “¿te acuerdas de fulanito?”, “¿te
acuerdas cuando zutanito y perenganito?” Ricardo González. Persona
encargada del cuidado del anciano durante su estancia en aquella casa. A lo que el viejo con voz cansada y un poco
molesta por la interrupción, le respondía. “Si,
Ricardo” o por su parte mi madre, “si
pariente, conocí a la familia”, o “no
pariente, no sé quiénes son”.
Al finalizar el relato,
procedemos a despedirnos con la promesa de una futura visita, pero ahora con su
postre favorito. Calabaza en almíbar.
Esa fue la última vez
que recuerdo haberlo visto antes de su muerte.
El hombre, producto
del amor de Carlos Mariano Trujillo C. y Marcelina González M. de O. Nacido en
San Gabriel, Jalisco, el 27 de marzo de 1936. Su nombre, Enrique Trujillo
González.
Aquel hombre al que
la vida le puso múltiples pruebas. Huérfano de madre a los ocho años de edad, el
cual, a partir de entonces comienza su estadía en distintos hogares. El
primero, con sus tías Emilia y Juanita Trujillo Castillo. Años después, lavaplatos,
ayudante de cocina y auxiliar de meseros en algún restaurant de Estados Unidos,
al que se introdujo de mojado.
Erique Trujillo, dedicó
su vida al perfeccionamiento de sus múltiples talentos. Arduas investigaciones y
viajes, administrados con su propio dinero. Cronista y Director de la Casa de
la cultura de San Gabriel desde 1974 hasta 1983. Y posteriormente desde su regreso de Estados
Unidos en 1999 hasta su muerte. Miembro desde el año 2003,
de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, A.
C. y Secretario de su Capítulo Sur.
La
llamada
27 de julio del 2009
Preocupada por no
saber de él, marca el teléfono.
— Hola Henri ¿cómo estás? habla tu changa.
— Ay changa te acordaste de mí. — Respondió con emoción —
— Claro
que me acuerdo de ti, ¿cómo estás? ¿Qué te han dicho los doctores? Ya vente, te
extrañamos, me haces falta, no tengo con quien pelear.
— Ay changa pues aquí en la casa de mi sobrino.
— Por eso, pero, ¿cuándo te vienes, qué te dicen?.
Con esperanza Enrique responde
— Hasta que me den permiso los doctores, espérame, no te desesperes.
— Ya pues ya ponte bien, cuidante y come mucho. Acuérdate
que tenemos lo del Festival cultural y viene Eugenia León, tienes que estar
fuerte, ¡ándale ya vente!, si no ¿quién me va a ayudar?.
— Mmm ni siquiera me toman en cuenta, ni me dicen nada… — dijo triste.
— Ay pues yo te estoy contando, además ya
casi todo está listo, con eso que lo recorrimos por lo de la influenza. Ya
sabes los virotes como son, pero te necesitamos todavía. ¿Quién le va a hacer
changuitos a Eugenia? por eso ya quiero que te vengas. Ya pues, ya no voy a
hablar porque te escuchas cansado. Duérmete para qué agarres fuerzas, descansa
y aquí te espero eh.
Dos días después. Se confirma su muerte el 29
de julio del 2009. Sus últimos días los pasó en casa de su sobrino Arturo
Trujillo Ramírez, en San Pedro Tlaquepaque.